Editorial Atlantis 2010
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SINOPSIS

 

Semana Santa en Zamora. Durante la procesión nocturna de las Capas Pardas, el industrial y cofrade Virgilio Casas sufre delirantes convulsiones y muere, oficialmente de un paro cardiaco. Pero Leocadio Coscarón, subinspector de la Policía Municipal de Zamora, que presencia la escena, tiene sus sospechas, eso le llevará a indagar en la vida del muerto y a sumergirse en el mundo del poder religioso, de los militares y la prostitución. 

            Novela policiaca de corte clásico, con un final sorprendente, en la que Jose Villalba Garrote muestra, con gran sentido del humor, una aguda crítica social y el caciquismo de una ciudad provinciana. 

 

 

CAPÍTULO 1

 

 

 

Mucho dinero

 

Jose Villalba Garrote

 

 

 

ADVERTENCIA

 

Es de justicia señalar que muchos de los marcos donde se desenvuelve la trama de esta historia son lugares reales. Aun así, los personajes y los hechos son productos de la imaginación. La implicación de personajes públicos, instituciones y agrupaciones debe entenderse como un préstamo del imaginario colectivo. Advertido queda que cualquier semejanza con la realidad no es más que mera coincidencia.

 

 

 

MADRUGADA DE MIERCOLES 8 ABRIL A JUEVES 9 ABRIL

 

1. Muerte en la procesión

 

La calle, que subía muralla arriba y se adentraba, por el sur, en la parte vieja de la ciudad, tenía las luces apagadas y las aceras estaban abarrotadas de gente esperando. Para Leocadio Coscarón la espera resultaba entretenida, absorto entre dos conversaciones contrapuestas. A su derecha, unas abuelas, ataviada una con rigurosa vestimenta oscura, la otra con estampados intratables y afortunadamente extintos, alababan, cristianamente, a Jesucristo mártir; a su izquierda, dos jóvenes turistas, obviamente algo bebidos y sin el menor respeto por la religiosidad de la Semana Santa zamorana, se regalaban, carcajeando, las obscenidades más delirantes. La chica parecía extranjera, tan rubia y con esos ojazos azules, pero hablaba perfectamente el castellano. Si acaso, tenía un suave deje, bastante sensual, por cierto. Las ocurrencias y el sarcasmo del chico daban a entender que era inteligente, que estaba medio borracho y que si era católico, no era muy practicante.

 

Junto a Leocadio, Marisa, que en toda la noche apenas si había hablado, seguía mostrándose taciturna y pensativa. Delante de la pareja y en primera fila, las niñas comían pipas como unos monitos en un zoo. Seguramente éste fuera el último año que Ruth, la mayor, asistía con ellos a una procesión. Ya este año se había quejado y quería ir con las amigas. Leocadio entendía que la niña era aún muy pequeña para salir de noche sola y no se lo había permitido, por eso Ruth estaba enfurruñada.

 

Por la calle se acercaba, lenta, la expansión de una onda de silencio, rota cada poco por el espeluznante crujir de las matracas. El continuo murmullo que invadía la calle se iba apagando poco a poco, la procesión se acercaba. Leocadio miró su reloj, faltaban un par de minutos para las doce y veinte de la noche. 

 

–¿Qué te pasa? –preguntó suavemente a su mujer.

 

Marisa no quiso dar importancia a lo que la turbaba, tratando de ocultar su nerviosismo, pero después de tantos años a  Leocadio no se le podía engañar. Ella era morena y muy bonita, con cara angelical. Y aunque parecía frágil, era una apariencia muy  alejada de la realidad, porque Marisa era una mujer fuerte. Fuerte, alegre y decidida, capaz de echarse sobre sus espaldas cargas que a muchos hubieran abatido prontamente. Y lo había demostrado sobradamente durante la larga enfermedad del padre de su marido. Además, tenía unas nalgas… «Culito de melocotón» le piropeaba muchas veces él, siempre tocado con esa arrogante y distraída actitud seductora.

 

Leocadio lucía barba de varios días y transmitía un sugerente y encantador aire canalla. Era alto aunque no exageradamente, y cuando quería, sabía camelar con su sonrisa. Pero también podía plasmar la cara inversa, cuando era necesario. El resto del tiempo intentaba mostrar una apariencia neutra o una ironía agridulce.

 

–Cariño, cuéntame –insistió acercándose al oído de su esposa–, algo te inquieta. 

 

Como una gota de rocío asomó en un ojo de Marisa aquella lágrima. Brotó tan suave y melancólica como lo era su fuente en ese momento. 

 

      –Me he quedado embarazada… –respondió la mujer en voz muy baja, apesadumbrada, sin querer inmutarse, sabiendo que no tenía más remedio que abortar. Aquel embarazo era imposible. Ahora ya no, a los cuarenta no, era algo insostenible.

 

A Leocadio aquella noticia le cayó como un jarro de agua fría. ¿Cómo era posible haber sido tan imprudentes? No podía comprender por qué habían bajado el listón de la prudencia de esa manera. Parecía imposible que Marisa se volviera a quedar preñada, después de tanto tiempo practicando sexo alegremente, sin condón. Desde hacía ya mucho, la única precaución era la abstinencia los días de ovulación. Pero había pasado, otra vez; con la diferencia de no ser ya aquellos chavales. Y otra vez habría que recurrir al aborto y todo lo que eso conllevaba. Maldita suerte, era un trance en toda regla.

 

En ese momento, un policía municipal que precedía la solemne procesión de aquel Miércoles Santo por la noche pasó delante de la familia Coscarón, y a la par que saludaba cortésmente a Leocadio y a su mujer, pellizcó levemente un carrillo de Ruth y revolvió los pelos de una sonriente Ainoa. La pequeña se sintió muy importante. Ruth en cambio, por cosas de la edad, se ruborizó toda. 

 

–Estate tranquila, todo se arreglará –dijo Leocadio a su mujer, tratando de tranquilizarla mientras con los dedos de la mano derecha atusaba cariñosamente su cabello, rubio desde hacía una semana.

 

–¿Qué se tiene que arreglar? ¿Qué pasa? –preguntó Ruth inquieta, volviendo la cara hacia sus padres. Sus ojos eran grandes y espabilados. Y en ese momento revelaban las sensaciones de los que comienzan a percibir las paradojas del mundo.

 

–Nada cariño, no pasa nada –le contestó Leocadio, sonriente, sin mostrar preocupación, zarandeándola cariñosamente por los hombros. Ruth con la mosca detrás de la oreja continuó despepitando las semillas saladas de los girasoles de Facundo. A su lado, su hermana Ainoa era todavía incapaz de percibir la sutileza de los problemas de los mayores; ya tendría tiempo.

 

 

 

El traquetear destemplado de las matracas volvió a oírse, esta vez muy cerca; era la inconfundible llamada al silencio que debe de reinar en el devoto desfile de la Hermandad de la Penitencia. Enseguida llegaron los primeros hermanos penitentes, desfilando pausadamente, algunos descalzos, cubiertos todos con capas alistanas de lana parda sobre trajes oscuros. Algunos cofrades llevaban debajo de la capa ropas antiguas, vistosos chalecos y botones charros. Desfilaban con las cabezas inclinadas mostrando sumisión e iban cubiertos con pesadas capuchas  caprichosamente bordadas. En sus manos portaban un farol de llama viva.

 

La imagen de los cofrades era imponente. Sus sombras titilantes sobre las piedras del muro antiguo del Palacio del Obispo, producidas por los rústicos faroles, tenían vida propia y exhibían un halo fantasmal. La escena se podía remontar a los siglos del verdadero Medioevo. Las sombras, transformadas en espectros oscuros de la noche, avanzaban, acompasadas de lamento, por el murallón de piedra, a paso muy lento, estremeciéndose. Las acompañaba el imprevisible resonar trágico y quebrado de las matracas y la cadencia tenebrosa del bombardino que se iba acercando. La impresión fue tan severa que hasta la pareja de jóvenes turistas a la izquierda de Leocadio permaneció callada y expectante, borrados de sus rostros cualquier asomo de guasa. Las mujeres de su derecha se persignaron. Ainoa, la pequeña, miraba para todos los lados, asustada. Marisa la cogió en brazos con un apacible y cálido arrumaco. La niña se sintió más protegida, pero no por ello se alteró su carita de estupor. La inquieta Ruth tampoco estaba en ese momento para dar saltos de alegría.

 

El sonido del bombardino era un gemido como de ultratumba, tan grave que parecía venir del propio reino de las sombras. Y aquella marcha fúnebre, qué decir de ella, era tan solemne que erizaba los cabellos del más pintado. 

 

El hermano bombardino, envuelto por una sacra aureola, iba en medio, donde la formación tomaba forma de cruz latina. Tras él y coronando la procesión marchaba una talla anónima de finales del siglo diecisiete que representaba a un lastimero y austero Cristo en la cruz. A los pies del Cristo del Amparo en el cadalso solamente había un manojo de cardos secos y una calavera esotérica que popularmente  se conoce como “La Niña”.  El paso desfilaba transportado por doce hermanos sobre unas sencillas andas de madera e iba alumbrado por cuatro humildes faroles. La escasa y danzante luz de las llamas de los faroles le daba a la imagen crucificada una apostura de arrebato y, a los que la contemplaban, esa zozobra legendaria, tantas veces auscultada y asumida por una gran parte de la humanidad. Un sacerdote desfilaba tras el Cristo, engalanado con un más que elegante hábito. Muy cerca y marcando el paso, sonaba el remolón tom tom tom… de un sobrio tambor.

 

 

 

Pero lo sorprendente es lo que aconteció después. Un cofrade de avanzada edad inició una serie de movimientos que desentonaron sobre el resto de hermanos penitentes. Recordaba a una persona embriagada, descompasado del resto, inventor él de nuevos giros epilépticos de un anárquico ballet surrealista. De pronto, tajando el silencio, comenzó a gritar y a reírse. Desenfrenadamente el cofrade, histérico, la emprendió con su tosco farol de hierro fundido, batiéndolo con furia, lanzando mandobles a diestro y siniestro, como si luchara contra un espíritu invisible que solamente él podía percibir. Casi le quitó la cara a una señora mayor que sin dar crédito miraba embelesada lo que ocurría. A fuerza de golpetazos, por dicha al vacío, se fue haciendo un hueco cada vez más grande entre el gentío. No duró mucho la contienda virtual porque enseguida el pobre loco cayó al suelo como si el enemigo invisible le hubiera clavado una daga en el corazón. El farol “de pajar” se soltó de sus manos, planeó trazando un recorrido limpio para suerte de la concurrencia y rodó cuesta abajo, encendido, hasta que un hermano cofrade lo paró con el pie.

 

 

 

El primero en posicionarse junto al caído, con la cartera en la mano, portando una placa policial, fue el subinspector de la Policía Municipal de Zamora Leocadio Coscarón, aunque en ese momento no estaba de servicio.

 

–¡Abran paso, soy médico! –gritaba detrás de Leocadio el joven turista a quien el alcohol no había podido arrancar la agudeza natural de sus ojos sagaces. Unos ojos que, traspasando unas leves gafas de montura de titanio, revelaban en ese momento un arrojado interés.

 

            El subinspector de la Policía Municipal se arrodilló a la vez que el joven médico junto al cofrade en el suelo. Este les agarró a los dos de la pechera, luchando contra lo inevitable, tratando de comunicarse con ellos. Su cara era una sombra debajo de la capucha. Cuando Bruno, el joven médico quitó el capuchón que cubría la cabeza del pobre hombre, lo que vieron fue a un viejo de ojos pequeños y saltones, pellejo apergaminado y nariz puntiaguda que agonizaba, pero al que aun se le escapaba una risita tonta. Y les quería decir algo, pero de su boca sólo salió una leve vocecita que se fue con las sombras:

 

            –La hos… la hos… la hostia… –es lo único que oyeron decir al cofrade en su último suspiro. Bruno lo intentó reanimar sin éxito, después confirmó su muerte.

 

Inmediatamente se arrodilló junto al muerto otro cofrade que dijo ser médico. Por su edad, seguramente ya estaría jubilado, pensó el subinspector Coscarón cuando entrevió su rostro bajo la capucha, un rostro triste que expresaba penas recientes y deudas eternas. 

 

            Todo lo que vino después sucedió muy rápido. Alrededor la gente se arremolinaba, pero Leocadio, con no pocos problemas, consiguió crear un cordón de seguridad. Enseguida apareció el cura qué, como guardaespaldas espiritual, seguía al paso del Cristo del Amparo. Se arrodilló junto al muerto y le dio la extremaunción con la clásica retahíla terminal: “Ego te absolvo a peccatis tuis”. El sacerdote vestía muy elegante, con bordada túnica granate sobre hábito color crema. Aparentaba tener buena barriga bajo ese envoltorio eclesiástico. Era bastante calvo y tenía una gran ceja desteñida y alborotada. Pronto llegaron más policías municipales que se pusieron a la orden del subinspector manteniendo a la gente prudencialmente apartada. Y otro congregante, un señor mayor que marchaba dos o tres filas por detrás del muerto se hizo sentir, presentándose como el juez Varela. Dio algunas órdenes que Leocadio consideró poco afortunadas. Urgía retirar al muerto, lo cual era tarea difícil en una cuesta congestionada de público. La calle de las Peñas de Santa Marta es un lugar estratégico para ver la procesión cuando ésta pasa por el arco románico conocido como la Puerta del Obispo, y en ese momento estaba hasta la bandera. El juez, incomprensiblemente, lo aclaró todo diciendo que el difunto padecía del corazón y había sufrido un ataque.

 

             «¡Qué sabrá él!» pensó Leocadio que estaba de rodillas examinando al caído junto a Bruno. Los dos se miraron, arqueando las cejas con caras de interrogación. El subinspector de la policía ansió desafiar al juez, pero él era un don nadie en comparación, por lo que decidió callarse; además, aparecieron dos jóvenes policías nacionales que enseguida se prestaron a llevar a cabo las órdenes de su señoría. Bruno examinó al caído y vio que tenía un cilicio fuertemente amarrado a su antebrazo derecho, muy amoratado. El cilicio era una correa metálica con finas y agresivas púas bien diseñadas para la mortificación corporal, y si no, que se lo preguntaran al bíceps y al tríceps del brazo derecho del desdichado. Grotesco espectáculo. Leocadio, que exploraba la cartera del muerto y su documentación, miró al joven médico y se entendieron con la mirada. Una mirada que quería decir algo así como “hasta donde llega la fe fundamentalista”. Al levantar la vista, de hinojos junto al difunto, Leocadio pudo ver a un cofrade expectante. Era un ex ministro y actualmente eurodiputado. El resplandor de la llama del farol de pajar iluminaba tétricamente su barbado rostro, agrandadas sus peculiares ojeras bajo el capuchón de la capa de chivas. El ex ministro estaba de pie detrás del juez, inmutable y silencioso, creyéndose en el anonimato, cobijado bajo la capa tradicional de los pastores alistanos. Pero Leocadio lo había reconocido. 

 

            –Señoría –dijo Leocadio, de rodillas junto al muerto, dirigiéndose al juez Varela–. ¿No cree su señoría que deberíamos realizar alguna comprobación antes de retirar el cadáver? Avisar al forense.

 

            –No. Este hermano ha fallecido de muerte natural. Ya se lo dije, padecía del corazón –finiquitó el juez mirando en lontananza. El juez Varela miraba a los ojos o a la cara de sus interlocutores en muy contadas ocasiones, y cuando se dirigía a alguien enfocaba su vista en el infinito. Muchas bromas y burlas recorrían los juzgados y los cuartelillos policiales a cuenta de la mirada soslayada del juez Varela.

 

            –Pero no tiene por qué haber sido el corazón la causa de su muerte –dijo un entrometido Bruno, todavía de rodillas junto al cadáver. 

 

            El juez ignoró como si no hubiera escuchado el comentario e interrogó con la mirada al cofrade que se había presentado como médico. Éste, que ni había tocado al fallecido, asintió con la cabeza y dijo:

 

            –Efectivamente, un fallo cardiaco.

 

            –Pues claro, qué va a haber sido si no, ¿un asesinato? No me venga con historias, sargento. El hermano Virgilio ha muerto por lo que ha muerto. Y debemos retirar el cadáver inmediatamente y continuar la procesión. Ese hubiera sido su  deseo –concluyó el señor juez mirando al Más Allá, como si con su mirada quisiera traspasar las capas de la materia para adentrarse en su propio reino. Un reino que desde fuera sólo se podía percibir como un fatigado mundo autista. Porque el juez Varela, a pesar de sus intentos por conservar un mínimo de equilibrio emocional, dejaba que sus discordantes interioridades navegaran a la deriva. Y su mirada, huidiza siempre.

 

            Lo había llamado sargento y era verdad, hasta hace poco era sargento, Primer Sargento, para ser más exacto. Pero la nueva corporación del Ayuntamiento cambió el nombre de los mandos, amén de otras muchas cosas, y ahora los sargentos de la Policía Municipal eran subinspectores.

 

            –Pero su señoría –iba a señalar Leocadio cuando el juez Varela, ojos ausentes, le cortó secamente.

 

            –Llamen a la funeraria y no se hable más. Y dejemos de dar esta imagen, por el amor de Dios.

            –Ya estoy llamando, su señoría –dijo raudo uno de los policías nacionales que desde que llegó había estado sacando lustre a la fondilla del señor juez. A él, el juez Varela sí lo miró, con agrado, y vio la impaciencia de un trepa esperando su momento.

Jose Villalba Garrote
Jose Villalba Garrote